
Sonaba en mi cabeza el primer disco de la banda británica Keane: Hope and Fears. Lo había estado escuchando horas antes de comenzar el viaje a Cauquenes. Aunque habían advertido que demoraríamos más de las cinco horas habituales, nos subimos al jeep y a las 2:30 am emprendimos rumbo. No se hizo tan eterno. Pero la ansiedad era cada vez más intensa cuando los kilómetros se acortaban.
Pasando el cruce Los Conquistadores mi pierna se movía sin control, mientras el suspiro de alivio de nuestra chofer revelaba un cansancio obvio. Poco a poco comenzaron a aparecer las casas. Aunque a primera vista todo parecía no estar tan mal, el ingreso al centro de la ciudad nos reveló una realidad que ya habíamos visto por televisión, pero que no es posible dimensionar hasta que estás ahí. El asombro es lo primero que aflora. Un par de minutos más y la pena aparece.
Quedamos de juntarnos con mi papá en la calle principal (entre medio de los escombros y de una feria que se instalaba a pesar de todo). Al ver que se aproximaba, tomé una buena bocanada de aire para tranquilizar el corazón y guardar la compostura. Vienes a dar ánimo, vienes a dar ánimo, me repetía una y otra vez mientras las lágrimas amenazaban con salir sin permiso. Un abrazo alegre y corto para evitar la emoción.
Al reunirme con el resto de la familia los relatos de la tragedia no demoraron. Con los ojos llenos de lágrimas y la mirada perdida en sus recuerdos, todos me hablaron de lo fuerte del terremoto, la sorprendente altura de la ola, la magnitud del desastre y el desconsuelo de quienes lo perdieron todo.
Al medio día un recorrido por el centro. El estómago y la garganta se me apretaban de la emoción contenida. Muchos de los lugares en los que crecí, jugué y compartí con amigos estaban destruidos. En dirección hacia mi casa el panorama no era distinto. A pesar que aún habían varias construcciones en pie, era cosa de poner atención a la entrada principal de cada una de ellas para percatarse que, sin excepción, la palabra "demoler" estaba escrita en la puerta o muralla. Igual que en la de mis abuelos. Entera de adobe, el movimiento no la perdonó. Justo al lado, mi casa. ¿Quieres entrar? preguntó mi papá. Sin responder, ingresé. Tarareando mentalmente un tema del grupo inglés que había escuchado hace ya bastantes horas, intentaba tranquilizarme para enfrentar lo que viniera. Desde el umbral de la puerta eché un vistazo. Entra, insistió mi papá. Di sólo dos pasos para quedar frente a la chimenea. En ese momento, al fin la estrofa de la canción que repetía una y otra vez en mi cabeza se soltó para continuar con una letra que preguntaba de forma casi irónica: ...is this the place we used to love? No sé cuánto tiempo contuve el aliento, pero sentí que me ahogaba. 26 años duró esta casa, la edad de mi hija. Tu edad... me dijo con voz quebrada mi mamá.
Luego del penoso recorrido quedé en silencio, muda. Con su mano apoyada en mi espalda, mi mamá repetía casi para autoconvencerse, que lo material no importa, que podrán salir adelante y volver a construir. Mientras yo, sin poder emitir palabra pensaba que gran engaño. Es que lo material sí importa. No como objeto. No como algo tangible, sino que por el valor emocional que contiene. No es el ladrillo, son los años de esfuerzo para lograr ponerlo en pie. No es la decoración, es el cariño que pusiste en crearla. No son los espacios, son las tardes de invierno leyendo frente al fuego, las rayas y dibujos de las paredes que hacíamos de niños a falta de papel, los mundos imaginarios que creábamos en cada juego con mis hermanos, las maldades, los cumpleaños, aniversarios, navidades, desayunos en la cama los domingos, almuerzos familiares, desvelos por alguna enfermedad o porque no llegábamos a la hora. Son tantos sentimientos y recuerdos, que cuando el lugar que los contiene se desmorona pareciera que dejaran de existir. Y no puede ser de otra forma, porque cuando pusiste amor y esfuerzo en construir no tu casa, tu "hogar", duele y sí importa.
Mis padres podrán volver a construir pero muchas personas no. Aún necesitan mucha ayuda. Sin embargo, sé que con fortaleza todos lograrán sacudirse, ponerse en pie y, con el tiempo, reconstruir los sueños destruidos. Y quienes tengan que caminar cargando el dolor que dejó la perdida de un ser querido... fuerza.
Por: Gabriela García Cáceres
Periodista y Licenciada
en Comunicación Social
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